La Caleta
Autor: Luis Flores Olave
La playa parecía interminable, las gaviotas surcaban el cielo con interminables vuelos, los botes se mecían suavemente al vaivén de las olas que tranquilamente arrojaban su blanca espuma sobre las brillantes y cálidas arenas.
Levantó la mirada al cielo el hombre, mientras caminaba, cansadamente, a lo largo de la caleta. Sus pies horadaban las arenas, no hacía ruido, sólo el de la naturaleza, no volteó jamás la mirada. Nunca observó que el mar besó apasionadamente sus pasos y los encerró en el corazón de lo desconocido, nada quedó a su paso.
Se detuvo un instante, reflexionó, buscó en el horizonte una explicación sobre muchas cosas. El viento acarició su rostro, se movió entre las ropas y se alejó raudo para subir por los cerros, buscando entre las casas, gentes, jardines, niños, adultos, realidades y sueños. Allá en la cúspide de los cerros volvió el viento su mirada y se despidió del hombre.
- ¿A dónde irás? - Se preguntó mirando el viento. Sólo el chocar de las olas respondió.
- Ese mismo cerro me vio correr tras pelotas de trapo en interminable juegos - se dijo el hombre en silencio. Ningún eco se escuchó.
Los raidos zapatos marcaban el caminar, sus cansados ojos cafés escondidos tras sus entrecerradas pupilas divisaron la calidez del hogar.
- ¿Madre qué estás cosiendo hoy? - preguntó de entrada.
- Las ropas de tus hermanos que mañana van a la ciudad - respondió la anciana quien de inmediato bajó la mirada y siguió manejando ágilmente la aguja y el hilo que como hebra mágica corría entre sus dedos.
El hombre paseó la mirada por la vieja cocina donde estaban las mesas cubiertas de negro, antiquísima muestra de pobreza. Una silla vacía junto a la cocina trajo a su recuerdo la imagen de un hombre de anchos hombros, cigarrillo entre sus labios, negro bigote y mirada fuerte. Su padre. No estaba.
Quiso recordar la última ocasión que lo vio sentado en aquella silla, mate en mano y su infaltable gorra de capitán colgada en un clavo cerca de su mano, mientras el fuego zumbaba, llenando de calor y alegría el hogar.
Ya no estaba, una violenta mañana de invierno fuertes golpes a la puerta rompieron la tranquilidad del sueño, él un niño entonces, escuchó a su madre romper en llantos, desgarradores gritos de angustia apretaron su infantil corazón. Afuera, la lluvia enfurecida caía como cascada divina sobre los tejados de la caleta, deslizándose con rabia sobre las barrosas calles.
Recordó haberse levantado y cuando tímidamente miró por la puerta de su dormitorio, vio a su madre encogida hasta casi desaparecer, sollozar calladamente como negando revelar su momentánea debilidad.
- ¡Mamá! ¿Qué pasa?¿Por qué lloras? - preguntó entonces.
La madre lo miró tiernamente, lo llevó a su regazo, levantó la vista al techo, como queriendo ver a Dios y sólo dijo:
- Tu padre, ha muerto. El bote naufragó.
Movió, el hombre, fuertemente la cabeza, secó rápidamente una fugaz lágrima que como una gota de plata resbaló por su curtida mejilla. Al igual que su madre, en la caleta nadie puede ser débil.
- ¿Dónde estás, hoy padre? - dijo, sólo escuchó su cerebro, resonó una y otra vez la pregunta. - ¿Será mi destino ese? ¿Alguna ocasión golpearán la puerta para decir que no volveré?.
En el fondo del patio la artesa estaba sola, su mujer había salido de compras, las ropas recién lavadas aún goteaban, marcando su presencia con pequeños charcos en el desnivelado patio.
Más allá el océano, pleno, imponente, majestuoso, lleno de vida, ofreciendo sustento permanente para todos los habitantes de la caleta que vio en su retina, entre cajas, espíneles, redes y botes, pero también cobrando su cuota de muerte. Entre ellos sus hijos. Pedro, Juan, Manuel, que un día salieron, riendo, felices, empujaron su bote al mar en la madrugada, sólo Pedro volvió, quizás por llamarse como el apóstol a los demás se los tragó la inmensidad.
Todos lloraron en la despedida, sin embargo hoy son sólo un recuerdo para su familia. Caminaron al cielo abrazados a su abuelo y en espera del padre que un día no lejano, seguramente, será envuelto en el torbellino interminable de los tentáculos del azul profundo.
- No puedo evitarlo - pensó - si existe la vida, es cierto que tenga que existir la muerte; si hay un comienzo, tiene que haber un fin. - reflexionó.
Un perro ladró cerca de la casa, el furioso ladrido lo hizo volver a la realidad. Miró a su madre, pensó en su mujer, recordó que su hijo volvía de la pesca, recogió la gorra de capitán, acarició tiernamente el viejo mate. La anciana madre seguía moviendo con magia la aguja y el hilo. Abrió la puerta, salió al abrazo del viento y se dejó llevar por sus silenciosos pasos hacia donde el hijo llegaría. El sol golpeó fuertemente sus ojos.
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