CUENTOS MÍNIMOS

Mirada

Levantó su copa hasta la altura de los ojos, y miró a través de la parte del vidrio que no contenía el vino rojo. Vio deformados grotescamente al resto de los comensales, que también le observaban serios y expectantes. Todos menos uno. Ella miraba en otra dirección y sonreía.

Solo

Andrés despertó notando una ansiedad extrema que le obligaba a un respirar entrecortado. Buscó a su lado en la cama, y el hueco frío de lo que debería de haber sido Rosa, su compañera, le llevó al desasosiego y el grito.

-¡Rosa!

Sonidos

Los suspiros y gemidos sonaban acompasados, rítmicos, a través de la pared; eran como un canto contenido a duras penas, que sorteaba con limpieza la barrera de ladrillos, cemento y pintura con la que se construyen los tabiques. Juan deseó que aquel sonido, que ganaba poco a poco en intensidad, no se detuviera nunca.

Hacia abajo

La abrazó desde atrás por la cintura, y ella no opuso resistencia, más a contrario, cogió las manos del hombre y empujó de ellas hacia abajo.

Otra vez

La mujer perdió la conciencia durante unos segundos, que a él se le hicieron eternos. Cuando ella volvió en sí, él, aun asustado, preguntó:

-Creí que te morías.

Ella contestó:

-Mátame otra vez de igual forma.

Asco

-¡Bésame! -ordenó él con fiereza.

Ella mantuvo sus fríos labios apretados, pero no apartó la cara y dejó que él consumara el beso. A continuación el hombre exigió que entreabriera la boca.

-¡Y ahora bésame de verdad!

Ella, con no disimulado esfuerzo y asco, hizo lo que él le pedía, pero esta vez cerró lo ojos y pensó que estaba en otro lugar, lejos, muy lejos de allí.

Si me dejas

-Moriré si me dejas -dijo ella.

El hombre sonrió y la besó, al tiempo que se apartaba un poco, dando por concluido el acto que habían realizado hasta ese preciso instante. Pero no había acabado él de separar del todo su cuerpo del de ella, cuando la oyó decir:

-¡No! Te dije que me muero si me dejas.

Llovía

Despertó y se levantó de la cama. Fue hasta el frío cristal de la ventana y vio que afuera llovía y se resistía a amanecer. Plácidamente volvió a acostarse.

Tiempo

Miró a su mujer como si fuese la primera vez que la veía. Tras una duda momentánea, le pregunto: "¿Eres tú quien ha cambiado o he sido yo?.

Cazador

Cogió con sus dos manos la pesada piedra; sostenerla requería tal esfuerzo que no serviría para arrojarla muy lejos, aun así la mantuvo en sus manos a la espera de la bestia. Cuando el animal llegó, lo que supuso un mayor esfuerzo fue ignorar el dolor de sus ojos.

 

Mirar al frente

Brevemente alzó la vista hacia el cielo. Quiso recordar una oración cristiana y no pudo. Durante un segundo sintió aflorar a sus ojos la vergüenza del llanto, pero hizo un esfuerzo supremo para mirar al frente con orgullo, sin un pestañeo, hacia el pelotón de fusilamiento.

 

Indiferencia

Ella le dijo: "Mírame, por favor". El siguió acostado y fumando con los ojos cerrados. Cuando la puerta se cerró tras la mujer, él abrió los ojos y expulsó con suavidad el humo de sus pulmones.

 

Mal día

El camarero le sirvió con desdén. El señor que estaba a su lado le miró de reojo sin ocultar un gesto de malestar. Antes, al entrar un niño le había dado una débil patada. Este hombre triste tomaba su amargo café en el mostrador de una cafetería rodeado por un mundo hostil.

 

Soñando quizás

Se hallaba perdido, y preguntó al primero con el que se cruzó dónde estaba. Resultó que se encontraba en una ciudad a la que no recordaba haber llegado nunca, por lo que supuso que soñaba y no le dio mayor importancia.

 

Caderas

El la miró intensamente en silencio. Creyó que eso sería suficiente. Cuando ella se fue sola y con paso lento, el hombre adivinó una insinuación en el movimiento de sus caderas.

 

El soldado

El soldado en la batalla cayó herido sobre la hierba ya húmeda de tanta sangre. Caído y sin poder levantarse pensó por qué y por quién perdía la vida y en ello no halló justificación a su muerte. Por eso, cuando lo fueron a rematar oyeron que gritaba: "¿Qué hago yo aquí?"

 

Libro

Leía un libro comprado al azar. Hacia la mitad leyó su nombre y la descripción de un personaje exactamente igual a él mismo.

 

Tiempo comprado

Ella se alisó la falda con las manos, a continuación ajustó la blusa, metiendo la parte inferior por el interior de la otra prenda, después se atusó el cabello y, aunque no encontró de su gusto el resultado final tras los mínimos arreglos hechos, salió a la calle apresuradamente. Dentro quedó él contando el dinero pactado.

 

Desamor

Le dijo que no podía imaginarse cuánto le amaba. Se lo repitió de nuevo, pero esta vez llorando. Por fin guardó un dolorido silencio. El la miraba distante, con gesto de extrañeza. Después dijo muy despacio que, en efecto, era incapaz de imaginarlo.

 

En el autobús

Se sentó junto a ella en el abarrotado autobús. Sus muslos se tocaron sin premeditación alguna. Cada movimiento del cuerpo era un roce que provocaba un cosquilleo grato. No le hizo falta mirarla para notar que se movía inquieta, pero que no se separaba.

 

152

Ella le envió 152 cartas a lo largo de todo un año. Recibió respuesta tras la última, poco antes de Navidad. La noche de Año Viejo esa mujer celebró el fin de 152 historias de amor.

 

Parecido

Quitó de su dedo el anillo que le identificaba como hombre casado. Buscó en la festiva reunión a alguna mujer de su agrado que pareciese sola y dispuesta a compartir unas horas de engaño. Finalmente eligió a una que tenía un vago parecido con su esposa.

 

Recuerdo

La miró como si fuese una desconocida. Ella insistió en que eran antiguos amigos, pero él en cambio persistía en no reconocerla. Cuando la mujer se iba, un destello en el cerebro del hombre le impulsó a llamarla por su nombre.

 

Psiquiátrico

Se había perdido en los interminables pasillos de un hospital psiquiátrico. Tenía miedo de preguntar por la salida, no fuesen a confundirlo con alguien que pretendía fugarse; por eso, cuando se encontró frente a una enfermera, dijo: "¡Ya estoy curado, ahora sí es cierto que estoy curado!".

 

Ventana

La mujer se detuvo frente al portal número 6, alzó su mirada hacia la ventana del primer piso y comenzó a llamarlo por su nombre. Se asomaron varios vecinos y, por fin, la ventana del primer piso se abrió y asomó por ella una joven. La mujer que voceaba en la calle siguió llamándole impertérrita.

 

Dinero

Le habían echado del trabajo y caminaba despacio hacia su casa. No tenía ganas de llegar y se detuvo en el banco de un parque. Vio a mujeres que metían o sacaban dinero de los bolsos que llevaban colgados, vio a hombres que cogían su dinero de carteras que tenían en los bolsillos, incluso vio a niños con dinero en las manos buscando una tienda de caramelos. Pensó que estaba rodeado de dinero por todas partes.

 

Reencuentro

Creyó reconocer a una antigua amante al otro lado de la transitada calle. Mientras esperaba el permiso verde del semáforo, ella se perdió entre el gentío. El corrió hacía el lugar donde la había visto y desde allí volvió a reconocer su figura unos metros más lejos. Cuando quiso llamarla, se percató de que había olvidado su nombre. Entonces pensó que era inútil el reencuentro.

 

La risa

Había decidido morirse, pero una risa lo había salvado. Estaba intentando, con verdaderos esfuerzos, encaramarse a lo alto de la verja del viaducto de los suicidas, cuando oyó tras de sí la voz infantil, que decía: "¡Mira el hombre ese en postura tan ridícula!". Y después las risas. También la suya.

 

Víctimas

El día había llegado a su fin, y el grupo de armados cazadores, en torno a un improvisado fuego, contaba las piezas abatidas. Eran múltiples codornices. Cientos de esas aves estaban muertas y alineadas en filas sobre el suelo a la luz de la hoguera. Uno de los cazadores, alzando su rifle ahora descargado, dijo: "¡Es tan fácil como en otras partes matar hombres!".

 

Poemas de amor

El tonto del pueblo gritaba poemas de amor a inventadas damas que se imaginaba en los balcones de algunas casas.

 

Casa segura

Construyó una casa segura. La hizo de piedra y hierro. En las ventanas puso gruesos barrotes y en la puerta, cerraduras dobles y cadenas. Alrededor de la casa levantó un muro de piedra rematado con puntiagudas lanzas y alambre de púas. La puerta que abría el muro era de enormes barras de hierros entrelazados. Desde fuera parecía inexpugnable aquella casa. Dentro de ella el hombre se sintió completamente seguro en su soledad.

Años después, cuentan que el hombre aquel dejaba las puertas abiertas, que había roto las rejas de las ventanas, doblado las lanzas del muro y desprendido el alambre de púas. Dicen que a menudo se le oía gritar llamando a los que por allí pasaban invitándoles a entrar.

 

Un día.

Me preguntas si es largo un día, y yo te digo que es interminable, que no tiene fin predecible, que no hay medida que lo abarque. Todas las mariposas de la noche lo saben.

Página realizada por Luis Flores Olave, Profesor de Educación General Básica. Gracias por visitarla.