PLAYA SOLITARIA
Rompían las olas en los roqueríos lejanos, no había sol, las arenas ayer llenas de miles de pies horadando su superficie, hoy parecía descansar del infernal ajetreo que ya besaba el crepúsculo.
Intranquilas las manos buscaban en el fondo del bolsillo, se entrelazaban tras la espalda, querían tocar las suyas pero no podían, quizás la mirada de esa mañana, antes de tomar el bus daba la explicación. Una gaviota rozó el horizonte.
Allá lejana estaba la urbe, ajeno a ello un rezagado turista salió de la solitaria carpa mostrando su pereza y nos observó con atención, luego perdió el interés. La miré, ella no devolvió la mirada, al contrario sus ojos buscaban una explicación en la distancia.
Las olas sonaban incesantemente y amenazaban mojar nuestros calzados. Recogí una caracola que lancé al torbellino blanquecino de las olas. La vi regresar sonriente. Sin embargo, ella no sonreía a mi lado, creo que buscaba los términos exactos para pedir una explicación.
Me detuve, más ella no, caminé de nuevo. Que nos sentáramos pidió mientras una ráfaga de aire frío nos caló los huesos, en otra ocasión le habría ofrecido mis brazos para abrigarla por siempre y darle todo el calor de mi alma. Hoy no pude. No se el motivo.
Mudo, como muchas veces, quizás más de lo necesario, busqué en el recuerdo las imágenes más bellas de los años que juntos hemos pasado. Una gaviota cruzó frente a mis ojos, no la vi. Sin embargo, vi y sentí de nuevo los besos que en un torrente una y mil veces llegaron a mis labios para quedarse allí eternamente.
Rompí el silencio inmenso del alma con un suspiro que sólo yo escuché y sentí. Me recosté en la arena, en el cielo, las nubes contrastaban con el celeste cielo que resbalaba en sus últimos días de la estival temporada.
Sus palabras sonaban en mis oídos suaves, cálidas pero firmes en sus temores, el norte estaba claro para sus pensamientos, bien analizada la situación, sin temores sus sentimientos, abiertos los sueños que nacían a la realidad.
No estaba claro el espejo en el que se reflejaban mis emociones, nebuloso el porvenir, sólo el corazón me gritaba en silencio que la magnificencia del amor estaba, sin duda, en su alma. Emoción que me llegaba clara. Un barco pasó a lo lejos.
Nada dije. Como siempre, escondí en la nebulosa del silencio mis decisiones nunca tomadas con la claridad necesaria. Las olas chocaban en la distancia y blanquecinas las aguas corrían del brazo del viento.
Sobre nuestras propias huellas caminamos, su mirada cruzó la mía. No encontró respuesta, seguramente, porque alzó su voz, exigió como nunca antes lo escuché. El somnoliento turista nos miró atentamente. la miré preocupado.
- No importa que todos miren, que todos sepan que te amo y que soy la única que lo hace y lo hará siempre.
El silencio respondió a sus palabras y la vida murió, allí en esa playa, quedó sepultado el sueño, la ilusión, la realidad más hermosa y verdadera de dos vidas.
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