La oportunidad

Con maquinal gesto corrió la cortina de la ventana, la lluvia dejaba deslizar cristales transparentes por los vidrios opacos dejando hilillos que semejaban cientos de caminos por donde corría la imaginación, su mano estaba tranquila, algo arrugada, difícil ocultar la edad. No era un hombre mal parecido; sin embargo, sus gestos eran similares al oscuro mirar de sus cansadas pupilas, soltó la cortina azul que sostenía entre sus dedos y volvió al interior.

La cortina azul había ocultado al mundo exterior los sucesos que a diario ocurrían al interior de su ser. Afuera el viento tranquilo traía rumores quietos del populoso barrio. Cuánto hacía que la sombra había caído en su corazón, distante quedaba el tiempo feliz de familia. Por un segundo brillaron imágenes que parecían dormidas. La crueldad de la vida, pensó, nada sepulta, sólo la muerte.

Como todos los domingos no concurría a su trabajo, era el instante en que deambulaba sin destino por el interior de su vivienda, no tenía amigos, diariamente se relacionaba con cientos de personas, rostros, sonrisas, intercambio de ideas, opiniones, resultados y dineros, los sentimientos estaban ausentes. El fin de semana, como una gruesa cortina del escenario de la vida, sepultaba la última escena de esa insulsa obra.

Salía el sol temprano, hería sus ojos, la cama fría de amor, el hervir de la tetera y servirse el desayuno. Nadie daba el saludo matinal ni un beso antes de dormir. Nadie opinaba sobre su vestuario, ni el corte de su entrecano cabello, ni de los zapatos recién comprados o del triunfo o fracaso laboral.

¿Quién tenía la culpa de todo eso? Yo, pensó. Se sentó en el sofá.

Tomó el teléfono, marcó, escuchó atentamente el sonido de cada dígito, antes de llegar al último se detuvo, miró el aparato, su mano inquieta apretó el auricular. Volvió a colgar. No sabía que decir. ¿Le responderían sus hijos? ¿Qué les diría? Hacía tanto tiempo que no conversaba con ellos. Extrañaba, incluso, las discusiones. La soledad entonó con más fuerza su canción preferida.


*          *         *

El grupo de amigos se detuvo frente al local, el fuerte ruido de la música, el sonido de las risas, copas alegres, burbujas que rompen la tranquilidad de la noche, cadencia de los bailes, se escuchaba nítidamente a través de la puerta principal. No pensaba salir ese día, pero ahí estaba.

Indecisos en la entrada se miraron en colectiva interrogación, finalmente sin decir palabra ingresaron, no les costó mucho ambientarse en la semipenumbra que siempre acompaña a los locales nocturnos, el aire enrarecido por el humo de mil cigarrillos encendidos dificultó en un comienzo la respiración, no demoraron mucho en ambientarse. Saludaron a los conocidos.

Elegido mentalmente el lugar donde sentarse, se enfrascaron en intrascendentes conversaciones de política, deporte, mujeres, para caer, indefectiblemente, en el trabajo.

- Ya pues, dejémonos de trabajar, vinimos a divertirnos, dijo uno. Todos estuvieron de acuerdo, enseguida enmudecieron como buscando un tema para volver de nuevo, con más entusiasmo, a la conversación.

Levantó la vista para ver durante ese tiempo la presencia de algún conocido para saludar, había varios, todos parecían ausentes, algunos ligeramente ebrios, preocupados de sus propios temas, amigos, tragos y vidas. De pronto la vio, no era una espectacular mujer, pero su cabellera negra y dos luceros del mismo tono, mientras aspiraba el humo de su cigarrillo daban un aspecto interesante a su blanco rostro. ¿Quién era? Le parecía haberla visto antes, siguió mirando. Inconscientemente su mirada volvió sobre ella, esta lo percibió al instante, apartó su vista.

Trató de seguir el tema de conversación que llevaban sus amigos, sin embargo volvió el rostro para observarla, ella lo percibió, pero no se inmutó y así volvió una, dos, tres, cuatro, no supo cuántas veces y en cada oportunidad ella devolvió, indiferente, la mirada.

¡Tiempo de bailar! Dijeron a coro los amigos y cada uno, como movido por invisible resorte, se levantaron de la mesa para buscar entre las mujeres presentes, alguna conocida, o simplemente desconocida, que accediera a hacerlo. El observaba, no quería bailar, ella se negó ante cada solicitud, mientras fumaba tranquila y solitariamente un cigarrillo.

Una sonrisa misteriosa viajó ante la mirada profunda de sus negros ojos, respondió ella. Y el baile del pensamiento terminó en el entrelazar de brazos, mágicamente movidos al ritmo suave e incitante de la música. Miradas que se intercambias mágicamente, mensajes mudos que expresan más que mil palabras, ideas que se entrelazan en el desconocido universo de lo sublime.

Por un instante los rostros de sus hijos y de su mujer pasaron frente a su mirada, la fuerza misteriosa envuelve, no quiere soltar. La vida que cambia y termina en el frenesí humano de la desvinculación. La soledad final es la respuesta a esos encuentros furtivos que robustecieron una relación rechazada por la sociedad. Soledad es el resultado final de besos que se esfumaron, caricias que no florecieron, promesas que se diluyeron en la inconsistencia del viento que pasó en un momento por entre sus vidas y se llevó el eco de las palabras al confín desconocido de la irrealidad.

*           *          *

Es la primavera que florecen en sus primeros brotes, los pajarillos alegres revolotean en torno a los floridos árboles, el cielo cristalino de celestes colores viste la ciudad de hermosos matices, una cansada mano levanta la azul cortina, los cristales brillantes de la ventana muestran la alegría de los niños que juegan en la acera.

Largamente observa la naturaleza, la soledad madura nubla sus pupilas, es domingo, no hay donde ir, nadie para conversar, la tristeza de un café que se enfría en la taza mientras escenas sin sentido desfilan en la pantalla del televisor. Su mano acaricia el aire húmedo de la vivienda en penumbras, sensaciones que no tienen rumbo, sueños que mueven la quietud fría de los adormecidos pensamientos.

Posa la mano en el aparato telefónico que con sus colores pretende impasiblemente dar sentido a su existencia, alegrar la vista de quien no se puede. Los dedos acarician el aparato, el auricular está en el oído, escucha el sonar de los números al ser marcados, 1,2,3,4,5 al llegar al sexto dígito se detiene, la línea no tiene vida, sólo bajar el dedo índice y un mundo conocido de voces y rostros renacerá por un segundo en el oído.

Mira la pared, no la ve, es el rostro de sus hijos el que aparece ante la mirada, la mujer sonríe como durante tantos años lo hizo cada mañana al despertar o llegar al lecho matrimonial enfundada en su colorida bata, de vuelta de la cocina, tras una bandeja de aromático desayuno. Juegos, risas, saltos alegres en la cama, levantarse tarde cubierto de caricias, hijos que desfilan sonrientes dando los buenos días. Eso fue un día..., hoy nada de eso existe.

Cae el índice sobre el último dígito telefónico, se escucha el sonido de la campanilla repiquetear al otro extremo, una, dos, tres veces. Es posible que no haya nadie en ese momento, no se atreve a cortar. Es posible que esté en la cocina, en el patio, piensa, los niños duermen seguramente. ¿Qué dirá? No sabe.

Se levanta el auricular en el otro extremo de la ciudad, maquinalmente saluda, demora en llegar la respuesta, no es amigable, no escucha su propia voz explicando los motivos de su llamada. Tiene tono el teléfono, no se ha cortado la comunicación como otras veces.

¡Te invitamos a almorzar! Dice ella finalmente ¡Te esperamos a la una de la tarde, no te atrases!

El sonido de la línea muerta suena en sus oídos, hace cuántos minutos que terminó la conversación, no los recuerda, sólo se pregunta si es verdad que podrá, después de tanto tiempo, visitar el que fuera por años su hogar ¿Qué almorzará? No importa ¿Sonreirán sus hijos al verle? ¿Qué dirán los vecinos? ¿Se levantarán los visillos de las ventanas, disimuladamente, al verlo pasar?

Toca el timbre, una, dos veces, la puerta se abre, allí está ella, más hermosa que nunca, sonriendo como durante tantos años lo ha hecho, tras su hombro los hijos esperan, la sonrisa que en sus rostros limpios, hermosos, cristalinos le da fuerza para dar un beso suave en la mejilla de ella, su perfume conocido estremece entero su ser, la vida abre un nuevo paso, una oportunidad recibe, puede ser la última, el sol brilla y la luna ese atardecer comenzará, seguramente, a iluminar de nuevo.