SOLEDADES

Autor: Luis Flores Olave

 

Despertó de pronto de un sueño que le había resultado tortuoso, miró el despertador, sorpresa, la hora había pasado y era demasiado tarde. Corrió la cortina amarilla que cubría la ventana y impidiendo ver por las noches la claridad de la Luna que desde lo alto vigila, eternamente, el sueño de la ciudad. El sol dio de lleno en sus ojos y le deslumbró fuertemente hiriendo sus infantes ojos color café.

Meditó un poco sobre lo sucedido, nadie le había despertado, la casa estaba en silencio, ¿qué pasó? - era la pregunta. Se sentó lentamente en la cama, acomodó las sábanas y frazadas, mientras repasaba con la mano extendida la superficie de la colcha bordada en amarillos tonos y fondo azul piedra, que le parecía de una suavidad increíble.

Puso más atención, ningún ruido se escuchaba, recordó entonces que su padre salía temprano a trabajar ese día y su hermano debía estar en el liceo. Su madre no se levantaba hasta alrededor de las nueve de la mañana.

Lo de hoy, recordó, ocurría desde hace mucho tiempo, por las mañanas si él no despertaba, no iba al colegio.

Le parecía extraño, muchas veces buscó ayuda para sus quehaceres escolares, entonces, curiosamente, cansado, su padre luego de llegar del trabajo no contestaba a sus preguntas, la madre veía la telenovela y su hermano, en el teléfono conversaba con su polola para luego salir a reunirse con sus amigos.

Realmente estaba solo, si hablaba lo hacían callar. Si saltaba, decían que su ruido era insoportable. No podía salir, no tenía amigos.

-¿Por qué no me escuchan? ¿Seré normal?- se preguntó muchas veces.

Todavía sin levantarse, su mano puesta en el mentón, pensativo, repasaba cuadro a cuadro escenas de su corta existencia. Rascó el lóbulo de su oreja, movió el cuello incómodo.

Se vistió con tranquilidad, buscó en el armario lo más importante y lo fue echando, con calma, en un bolso negro que hacía mucho tiempo le habían comprado en la feria del pueblo y que lleva como adorno, la escena de una familia impresa en uno de sus costados. Entre sus pertenencias no podían faltar los libros y cuadernos de la escuela, con gran cuidado lo depositó entre sus ropas.

Silenciosamente abrió la puesta de la calle, el sol daba un aspecto hermoso al día, la calle se llenaba ya de bullicio. Las flores del antejardín saludaron mudamente el paso del niño hacia el futuro incierto, una nube se agitó movida por el aire que cansadamente se deslizaba abrazando la Tierra.

Caminó sin destino, desfilaron ante su mirada calles y avenidas, rostros de otros niños que pasaban alegres, padres junto a sus hijos, jóvenes en sus bicicletas, enamorados que en mil besos sellaron sus promesas, ancianos que curvaban sus espaldas con la carga innegable de la experiencia, esa misma que nadie sabe apreciar.

¿Cuántas horas? ¿Cómo saberlo, el reloj biológico, como su vida, no funcionaba correctamente. Sólo sabía que se sentó en muchas ocasiones para descansar, sin embargo luego siguió interminable su camino sin sentir los pajarillos rondar sobre su cabeza, el perfume la floresta le rodeó, no lo supo, sólo recordaba a sus padres y el manto de olvido e indiferencia que tejieron sobre su ser.

-¿Se habrán dado cuenta de mi alejamiento? –pensó. Estarán felices de que así haya ocurrido –se decía- nadie hará ruido innecesario, nadie consultará tareas o interrumpirá la telenovela. No soy necesario –se convencía solo.

Una ráfaga de aire frío le sacó de su absorción, era el abrazo del atardecer de la ciudad. En el puente se detuvo, miró las heladas aguas que pasaban bajo él.

-¡Y si me lanzó! –se preguntó- ¡Sería el fin! –se contestó.

Respiró profundo, miró las estrellas, la Luna le sonrió, estaba solo, como siempre. Caminó, caminó, no supo durante cuanto tiempo, no se dio cuenta que las calles comenzaron a quedar desiertas. No supo como pasó el tiempo, hasta que cansado se sentó en un banco de la plaza y acunado por las estrellas y besado por la Luna se durmió soñando que estaba envuelto en los brazos de cientos de ángeles que le querían y brindaban toda la atención a sus preguntas.

Con una sonrisa estaba en su pálido rostro, el cuerpo frío, un perro aulló en la distancia , cuatro brazos apretaron repentinamente su cuerpo, no los sintió, su cabeza cayó hacia un costado, voces resonaron en su cerebro, no entendía nada, qué era esa sensación que nunca antes experimentó, una boca tibia se posaba en sus mejillas, esa voz la conocía pero con otros matices, no podía relacionarla con el amor, pero parecían sus padres. Comenzó a retornar al sentir que con mucho amor cubrían su rostro, su cabello, con miles de besos, no quería despertar, su sueño, los ángeles estaban con él.

Despertó asustando, no podía resistirse más, la suplica era repetida.

-¡Hijo, que susto nos has dado! –dijo el padre.

-¡Te hemos buscado por todas parte! –dijo la madre.

Ambos lo abrazaban con desesperación, con el cariño guardado por muchos años que explosionaba en un segundo, desatando ese torrente incontenible de besos que caían sobre el rostro y cabello del niño, mientras las lágrimas rodaban por las mejillas de todos regando la Tierra desde la que nacerían mil flores.

-¡Te hemos tenido tan abandonado, hijo! –expresó la madre ¡No hemos sabido demostrarte todo nuestro amor! –le reiteró.

El padre, mudo de emoción, sólo sabía abrazar, mirar y acariciar al niño.

Tomó el padre el bolsón, con las pertenencias del niño, donde cariñosamente guardó sus cuadernos y comenzaron a caminar por la desierta avenida rumbo al hogar. En el cielo la Luna que vigila el sueño nocturno de la ciudad, sonrió a las estrellas que en ronda interminable juegan en el inmenso tapiz que cubre la Tierra.(23-04-1998)

Amor...