Don Maucho "El Cazador"

Es necesario que sepas que hace muchos años, los parajes de los alrededores de Curanilahue eran verdaderos santuarios de la naturaleza, con abundantes arbustos y árboles nativos; coigües, raulíes, hualles, quilas, coligues, entre otros. Bajo el manto protector de los árboles había mucha fauna chilena entre los que mencionaremos torcazas, codornices, choroyes, zorros, güiñas, pudúes, pumas que muy tranquilas deambulaban en ese que era su hábitat natural.

Al comenzar a formarse como poblado, sus primeros habitantes fueron esforzados campesinos que debían trabajar mucho para despejar el suelo y sembrar o criar sus animales. Una de las primeras familias establecidas en el lugar conocido como "Las Quemas" fue Don Maucho y su mujer, doña Jacinta. Su rancho lo hicieron a orillas de un chorrillo que baja por los cerros en el mejor lugar.

Así, sin novedad, pasaron los primeros días. Junto a sus hijos trabajando en rozar los lugares donde se haría la primera siembra, llegando casi siempre a su rancho al oscurecer, cansados y rendidos.

Todo ocurría con normalidad, hasta que una noche la tranquilidad fue interrumpida por los ladridos de los perros que siendo nuevos lo hacían desesperadamente, como asustados.

Don Maucho era hombre valiente por naturaleza, quiso levantarse pues tenía una corazonada, pero su mujer y sus hijos le ruegan que no lo haga porque piensan que debe ser un león. Así pasa una larga noche de intranquilidad.

Al amanecer, muy temprano se dirige al corral de la ovejas, grande fue su sorpresa al ver que casi la mitad de ellas estaban muertas. Don Maucho, de inmediato se da cuenta del problema que se le está presentando, sabe que si no toma medidas perderá todas las ovejas, porque cuando el puma se acostumbra a un lugar no descansa hasta acabar con todo el rebaño.

El valiente hombre decide esperar por la noche al intruso y para ello prepara su escopeta, se pone un lindo poncho tejido por su mujer y espera entre los matorrales junto al corral. Es tarde, casi medianoche, de repente las ovejas se inquietan y se parar agrupándose y corriendo de un lugar a otro. Todas miran hacia el mismo punto, entre la oscuridad el campesino logra distinguir dos pequeñas lucecillas que se mueven en dirección al corral, parecen candelillas, el corazón al valiente hombre se le acelera y sus azueles ojos tratan de descubrir en la oscuridad a su enemigo. Pronto se da Sus descendientes leen orgullosos sus aventuras cuenta, es el Puma. Este salta de un brinco las estacas del corral y cae sobre una oveja. Don Maucho, afirma su escopeta entre los troncos del corral y PUM dispara medio a medio de las candelillas. Se escucha un rugido espantoso, unos saltos y el puma cae sin vida. ¡Lo maté! ¡Lo maté! gritaba Don Maucho.

Mientras tanto en su casa que estaban con el alma en un hilo esperando el desenlace de tal encuentro salieron alarmados al escuchar los gritos del hombre, con gran alegría vieron a su padre arrastrando al puma al que ayudaron a colgar y a la luz del fogón lo descueran. Este era el primer trofeo.

Pasan algunos meses sin novedad, un día de primavera camino a una hornilla de carbón sin más que un lazo de cuero en las manos un inmenso puma se le pone frente a frente mostrando sus blancos colmillos, salta como queriendo jugar, el miedo es grande, le tira su lazo, le tira peñascos, parece difícil convencerlo que se aleje, toma aire, respira y grita a todo pulmón tal como lo hacen los campesinos cuando quieren comunicarse en el bosque, alguien responde al instante de la misma forma y luego se acerca con sus perros, era don Serafín, un vecino cercano, los perros rápidamente corretean al felino y ellos conversan sobre lo ocurrido, su vecino le recomienda por lo menos comprar unos perros leoneros porque los va a necesitar.

Al poco tiempo don Maucho hace caso de la recomendación y compra dos hermosos perros leoneros a los que bautiza con los nombres de "Full" y "Terry" que de ahí en adelante no lo dejarían ni a sol ni a sombra.

Un hermoso día de primavera cuando el sol apenas aparecía entre el espeso follaje del bosque andaba don Maucho en búsqueda de sus bueyes "Solito" y "Llegastes", sus perros dan vueltas y vueltas olfateando las hierbas, están nerviosos, ladridos en loca carrera se escuchan en los cerros más cercanos, luego se establece el ruido en un punto fijo, don Maucho corre hasta allí y ve que en el coigüe más alto está el puma, abajo del árbol sus perros ladrando desesperados. Acomoda su arma, fija el cañón y dispara, el indefenso animal cae desde la altura sin dar signos de vida.

De esta forma, don Maucho y sus perros van haciéndose fama a tal punto que cuando algún campesino del lugar está afectado por algún puma no dudaba en ir a pedir ayuda a este hombre temerario. Así llegó hasta su casa, gente venida desde lejanos puntos como Cifuentes, Cabrera, Trongol y otros. Dicen sus amigos y vecinos que llegó a matar 29 felinos, que al parecer ya lo perseguían donde el anduviera, tanto así que se dice que un sólo día llegó a matar tres pumas.

Pero, llegó un día aciago para don Maucho y sus valientes perros leoneros, yendo de pesca al río Nahuelán del fundo Buena Esperanza a poco de llegar sus perros sacan montaña arriba al rival, se escuchan ladridos que pronto se desvanecen por la distancia, acostumbrado a estas aventuras de sus perros pasan las horas y debe regresar a casa pensando que pronto sus fieles amigos lo alcanzarán, pasan las horas, la noche, días y ya al décimo día decide ir en la búsqueda de sus perros, camina y camina por lugares intransitables, Buena Esperanza, Quilachanquín, son recorridos palmo a palmo y nada, regresa muy cansado, de pronto a la distancia ve revolotear a unos jotes, atraviesa la quebrada que lo separaba de ese lugar con mucho sacrificio; grande fue su sorpresa cuando en lo más alto de un roble había un puma muerto, despedazado por las aves carroñeras, abajo sus perros sentados miran fijamente a su presa, los llama contentos ¡Full, Terry!, pero los perros no se inmutan, se acerca queriendo acariciar a uno de ellos, lo toca con el pié y éste cae, ¡Estaban muertos!. Los dos perros prefirieron morir antes de renunciar a su tarea de caza, como para no creerlo. Como pudo, don Maucho, y con mucha pena en el corazón, porque de verdad sentía un gran aprecio por los animales, escarba la tierra, hace un hoyo y entierra a sus regalones y fieles amigos alejándose muy triste y con muchas ganas de llorar.

Desde ese momento todo fue muy diferente para don Maucho, debió andar siempre precavido pues sus celosos guardianes ya no estaban junto a él para defenderlo.

Pasaron los años, don Maucho ya era un hombre viejo, sus hijos emigran al pueblo, él decide comprar una casita y seguir los pasos de sus hijos hacia Curanilahue. Allí vivió por muchos años, nunca una enfermedad, nunca un dolor, todos admiraban su fortaleza creyendo que su fuerza y salud era atribuible a que había comido carne de león.

Cuando le llega el día de abandonar este mundo, gente de muchos lugares acude a darle un último adiós, sus funerales fueron de verdad multitudinarios, mucha gente acudió recordando las hazañas de este hombre de ojos claros y cuerpo delgado, que por ser muy valiente se había convertido en una leyenda en Curanilahue.

Página realizada por Luis Flores Olave, Profesor de Educación General Básica. Gracias por visitarla.